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EL ESPÍRITU DE LA PASIÓN, DE Kim Ki Duk
Un cineasta fuera de lo común El joven director coreano Kim Ki-duk (nació en 1960) es de origen humilde, por lo que a los 17 años tuvo que trabajar como obrero. Más tarde, entre los veinte y veinticinco, sirvió a su patria como marino, y con sus ahorros se costeó un viaje a París, donde estudió Bellas Artes entre 1990 y 1992. Tenía la pretensión de ser pintor, pero en esa temporada fue al cine por primera vez y su vocación profesional sufrió un cambio drástico. Regresó a Seúl, y en los años siguientes ganó varios premios escribiendo guiones, entre ellos “Un pintor y un criminal condenado a muerte”. Debutó en la dirección cinematográfica en 1996, con la cinta “Un cocodrilo”; y a continuación realizó “Animales salvajes” (97), “La posada de la jaula de los pájaros” (98),”La isla” (99) -que llegó al Festival de Venecia y le permitió hacer su entrada triunfal en la cinematografía internacional-; “Ficción real”(2000), “Dirección desconocida” y “Muchacho malo”, ambas de 2001;”El guadacosta” (02) y “Las estaciones de la vida” (03), que fue su consagración como director de culto; “La samaritana” (Por amor o por deseo), de 2004, que se hizo acreedora al Oso de Plata en el Festival de Berlín, “El espíritu de la pasión” (04) -premiada en el Festival de Venecia-;”El golpe” (05) y “Tiempo”, de 2006. Son trece películas a la fecha, que gracias a su habilidad técnica termina en plazos muy breves. En “El espíritu de la pasión”, por ejemplo, invirtió sólo 16 días en el rodaje y 10 en la edición de la película. Pero el record de rapidez lo tiene Ficción real, que filmó en sólo 3 horas y 20 minutos. El buen ladrón A semejanza de Las estaciones de la vida, esta nueva película del cineasta surcoreano Kim Ki-Duk tiene una estructura bien definida: un primer tiempo sereno, de un extraño misticismo; una parte intermedia que arranca con acentos crueles para devenir en casi una farsa, y un final inesperado... Su título original, Bin jip (2004), significa en coreano Casa vacía, y alude directamente al arranque argumental: Un joven llamado Tae-suk (Jae Hee) recorre los barrios residenciales de Seúl detectando casas temporalmente deshabitadas, para introducirse en ellas sin el propósito de robarlas, como sería lógico suponer, sino simplemente para vivir en ellas unas cuantos días. Se revela diligente, aseado y diestro en el arreglo de aparatos domésticos. Limpia el lugar, riega las plantas, lava la ropa y repara cualquier desperfecto antes de abandonar el sitio para mudarse a otra parte, no sin antes tomarse fotografías, con la cámara de su celular, junto a fotos de los dueños de las casas, como si quisiera emparentarse simbólicamente con ellos. En una mansión particularmente bien instalada, Tae-suk repite la faena, pero queda deslumbrado por la belleza de la dueña de la casa, de quien hay fotografías en cada rincón e incluso un libro donde aparece desnuda, de donde se infiere que es una modelo. Tae-suk se lleva el libro a la cama con el propósito de masturbarse, sin advertir que la joven Sun-Hwa (Lee Seung-yeon), ha estado todo el tiempo en la casa, observándolo. Una vez que la modelo se le hace presente, los jóvenes congenian, se hacen pareja y el trabajo doméstico solitario se vuelve rutina compartida, interrumpida de vez en cuando por llamadas telefónicas del esposo de la joven, que lo mismo la agrede y la insulta que le pide perdón, sin que ella se digne contestarle. De hecho, tampoco dialoga con su nueva pareja: se comprenden sin hablarse. Nada empaña la felicidad de la pareja. Tae-suk incluso se aficiona al golf, al que al parecer es afecto el marido ausente, y practica con sus palos noche y día. Pero no hay felicidad completa y el cónyuge reaparece, para violentar a su mujer. Tae-suk lo somete lanzándole pelotas de golf y luego huye con Sun-Hwa. A otro departamento deshabitado donde, a pesar de que la pareja no pronuncia una sola palabra, logra una íntima comunión. Hierro 3 En Occidente esta cinta de Kim Ki-Duc fue bautizada como Hierro 3, en alusión al palo de golf que lleva ese nombre, y que es uno de los menos usados en el juego. El título se justifica en la segunda parte de la cinta, que narra el deambular de la pareja por distintos departamentos, con tan mala suerte que en todos ellos son sorprendidos por los dueños. Lo grave viene cuando en el último departamento que ocupan descubren muerto a su último dueño, y en vez de dar parte dar parte a la policía lo entierran en el patio. Una vez detenidos, Sun-Hwa es devuelta a su marido. Tras la autopsia que revela la muerte natural del anciano, el esposo traicionado trata de propinarle a Tae-suk una golpiza con el hierro de golf aludido, pero sucede lo contrario. Preso por esta agresión, el joven recibe una lección en la cárcel. El espíritu de un cineasta Las películas que conocemos de este cineasta sudcoreano, Kim Ki-Duc, siguen un patrón identificable: una primera parte donde los protagonistas, generalmente jóvenes, hacen sus primeras incursiones en la vida; otra, en que violentan el orden establecido y una más en que expían de alguna manera la falta cometida, gracias a lo cual se restablece el equilibrio roto y pueden seguir adelante con sus vidas, nuevamente en paz consigo mismos. Tal era el caso del joven anacoreta que rompe su obligado celibato en “Las estaciones de la vida”; de la joven involucrada en la prostitución de su amiga, “La samaritana”, que se siente culpable de su muerte; o de este invasor de hogares sin vida propia, que vive vicariamente las de sus huéspedes involuntarios. Se trata pues de una serie de apólogos, modernos en lo que toca a los problemas que presentan y en la forma en que se exponen; tradicionales en el espíritu budista que los anima. Podría decirse que el tema central de las películas de Kim Ki-Duc es la redención, y que en este concepto se mezclan tanto concepciones budistas como cristianas, religión que se ha extendido en Corea del Sur a partir del “proteccionismo” que sobre ella ejercen los Estados Unidos. Pero a todo esto, me intriga el título que se le ha puesto a la cinta en castellano: “El espíritu de la pasión”. ¿Se trata de una de esas fórmulas vacuas que asignan los distribuidores hispanoamericanos a las cintas que no entienden, o cuyos títulos les parecen no suficientemente “comerciales”? ¿O hay un sentido oculto, al estilo de los que hemos mencionado anteriormente? Si especulamos un poco, encontraremos que “El espíritu de la pasión” es una de las estaciones del Viacrucis cristiano, esa serie de oraciones que recuerdan la Pasión de Cristo, y concretamente la estación en que se le pide a la Virgen María: “Ayúdame a ver con tus ojos, a escuchar con tus oídos, a sentir con tu corazón y a entender con tu sabiduría”. Curiosamente, en la cinta se trata también de sentir la vida de los otros, de transformarse en el otro. Pero a todo esto, me intriga el título que se le ha puesto a la cinta en castellano: “El espíritu de la pasión”. ¿Se trata de una de esas fórmulas vacuas que asignan los distribuidores hispanoamericanos a las cintas que no entienden, o cuyos títulos les parecen no suficientemente “comerciales”? ¿O hay un sentido oculto, al estilo de los que hemos mencionado anteriormente? Si especulamos un poco, encontraremos que “El espíritu de la pasión” es una de las estaciones del Viacrucis cristiano, esa serie de oraciones que recuerdan la Pasión de Cristo, y concretamente la estación en que se le pide a la Virgen María: “Ayúdame a ver con tus ojos, a escuchar con tus oídos, a sentir con tu corazón y a entender con tu sabiduría”. Curiosamente, en la cinta se trata también de sentir la vida de los otros, de transformarse en el otro. Kim Ki-duk declara que las casas vacías que el protagonista encuentra son un símbolo del vacío que se aloja los rincones del corazón humano. Una visita a ese vacío quizá nos haga valorar mejor lo que tenemos, la luz que nos habita. Para la pareja de este filme, esas casas fueron refugio y también promesa. No estarán ya solos. Ellos saben que su reino no es de este mundo y de ese modo nadie podrá separarlos. Nadie, ni el marido de la joven, al que finalmente se unirá la pareja en una misteriosa trinidad. El director lleva su historia de la más pedestre realidad cotidiana a un plano espiritual en el que lo que sucede es inútil tratar de explicar con palabras y que requiere ser visto y sentido antes que descrito. En eso radica la fuerza de un estilo cinematográfico que apela a sensaciones etéreas, casi oníricas, más allá de cualquier justificación que pudiéramos llamar racional. |
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