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EL VIOLÍN, de Francisco Vargas
LOS TAVIRA SON TRADICIÓN VIVA La historia de la realización de “El violín” es una de perseverancia. Su autor, Francisco Vargas se empecinó en llevarla adelante a lo largo de algo así como cinco años, y el punto de partida fue su encuentro con don Ángel Tavira, originario de Tierra Caliente, con toda una vida dedicada a preservar, acrecentar y difundir la música de su región. Don Ángel es una de las cabezas del clan musical de los hermanos Tavira, cuyo abuelo, don Juan Bartolo Tavira se incorporó a la tradición musical caletana hace 150 años y cuyo padre, don Félix Tavira López, contribuyó con su inspiración y 20 hijos a la preservación de la memoria musical de su pueblo. Fue en el curso de una investigación sobre música tradicional que Francisco Vargas lo conoció y le propuso hacer una primera película documental que narraría su vida, y que llevaría el enigmático título de “Tierra Caliente...se mueren los que la mueven” (2004). Don Ángel nació en Corralfalso, Guerrero (México), el 3 de julio de 1924. Empezó a tocar el violín a los seis años y no tardó en convertirse en un músico experto. A los 13 años, su vida cambió radicalmente al perder la mano derecha en un accidente. A pesar de todo, siguió haciendo lo que más le gustaba en la vida: tocar el violín. Entre sus muchas ocupaciones, destacaremos las de orfebre, campesino, maestro de primaria y secundaria y músico, A los 60 años se matriculó en el Conservatorio de Música de Morelia para estudiar transcripción de partituras con el fin de salvar la música tradicional de su región. Fue director del grupo Hermanos Tavira Band, que todavía existe y ha grabado tres discos. Sus integrantes no son todos hermanos, pero sí parientes consanguíneos: los hay guitarristas, percusionistas y, desde luego violinistas; los hay intérpretes y También compositores. Don Ángel, a sus 82 años, participa en ambos grupos. Regresando a esta primera película de Vargas, aclaremos: quienes se mueren son siete músicos populares, como don Ángel, los últimos sobrevivientes de una generación que transmite su herencia cultural de padres a hijos. Y que dado lo numeroso de su descendencia parecería tener cuerda para rato (1) APRENDIZAJE Y PRÁCTICAS DE VUELO Hablábamos de la perseverancia de Francisco Vargas, quien se ha revelado como un espléndido cineasta. Primero se acercó al teatro, efectuando estudios de Arte Dramático en el Instituto Nacional de Bellas Artes; después se matriculó en la Universidad Autónoma Metropolitana para estudiar Comunicación y simultáneamente cursó Arte Dramático en el taller del dramaturgo Hugo Argüelles. En 1995 empezó a estudiar dirección y cinematografía en el Centro de Estudios Cinematográficos, y para 1997 se inició como fotógrafo de algunas cintas estudiantiles de sus compañeros, para pasar finalmente a la dirección con los cortometrajes “Hay momentos” (1998), de sólo 8 minutos, y “Conejo”, de 19, en 1999. Una experiencia que lo marcó, sin duda, fue su dedicación durante cinco años a la producción de programas radiofónicos para la promoción y preservación de la música tradicional mexicana. Así conoció a Don Angel y se embarcó en la aventura de hacer su biografía fílmica, que mereció una nominación al Ariel al mejor documental en 2004. El año siguiente realizó una versión breve de “El violín”, como cortometraje de tesis, mismo que fue seleccionado por la sección Cinéfondation para presentarse en el Festival de Cannes, de donde regresó con tres de los cuatro premios que se otorgan a los cortometrajes y, lo más importante, con recursos para terminar “El violín” tal y como la había planeado. Al año siguiente el Festival seleccionó al largometraje para la sección “Una cierta mirada”, obteniendo el premio al mejor actor para don Ángel Tavira y la invitación para participar en una serie de encuentros internacionales, que le redituaron más de 25 de premios y su distribución comercial en Francia, donde se estrenó en enero de este año y aun permanece en cartelera. DEL VIOLONCHELO AL VIOLÍN Resulta curiosa la manera en que los acontecimientos se fueron escalonando para dar por resultado una película de mérito. Cuenta el director que al tiempo que trabajaba con don Ángel en la primera cinta se recordaba de una novela de Carlos Prieto “donde se narran las increíbles aventuras de un violonchelista. La fuerza de este músico, que va cada día al campamento enemigo para tocar el violonchelo que le confiscaron hasta conseguir que se lo devuelvan, me marcó y se me quedó grabada. Me recordó toda la literatura en que la música y la guerra entran en un peligroso juego dialéctico”. (2) Así, una vez provisto de argumento, actor / personaje y financiamiento, Vargas pudo dedicarse a escribir el guión de la que sería su ópera prima. Punto de `partida fue darle verosimilitud al relato: “Siempre quise que se tuviera la sensación de estar en una realidad documental. Por eso me esforcé en crear ambientes totalmente realistas que van más allá de la “realidad” de la ficción tradicional. Para conseguirlo, decidí trabajar con actores no profesionales, gente de las comunidades rurales e indígenas, apoyados por algunos actores profesionales. La mayoría de los personajes y toda la figuración fueron escogidos en los lugares donde rodábamos.” Enseguida “construí la historia de forma que no hubiera un contexto espacial o temporal concreto. Aunque la película se refiera a acontecimientos sociopolíticos, nos esforzamos en no particularizar y englobarlos a todos con el fin de simbolizar la lucha del pueblo latinoamericano en su conjunto... La película se refiere a situaciones conflictivas y a guerrillas que llevan al espectador a pensar en las luchas populares mexicanas... y en las de El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Chile e incluso Colombia.” (3) A ello habría que agregar la fotografía en blanco y negro, de duros contrastes y con abundantes tomas a contraluz, que hacen más áspera la dureza de la historia * y desde luego la música, que es objeto de litigio y el hilo conductor de toda la película. “Siempre había tenido ganas de escribir un guión sobre la realidad oculta de México - sigue declarando el director-... Es una protesta por el México escondido, el de unas voces ahogadas que acaban por tomar las armas para hacerse oír. Es una película que plantea preguntas que se han quedado sin respuestas. Es increíble que la violación de los derechos humanos, la marginalidad, la miseria de millones de personas, la represión armada, la carencia de democracia o de justicia social sean los grandes temas ausentes de los discursos políticos”. Queda claro pues que el material de trabajo del director es de primera línea: se ha hecho rodear de un equipo estupendo y ensambla las piezas con pericia. Sin embargo, en lo que queda dicho es claro también que se trata de relato elusivo donde a fuerza de hiperrealismo las cosas y los hechos son mostrados, pero no calificados ni comentados y exige espectadores atentos, que razonen la información que la propia cinta proporciona. Y las reflexiones han menudeado. La aprobación a la cinta, si bien extensa, no es generalizada. Díganlo si no las apreciaciones del periodista Hermann Bellinghausen, cuya simpatía por “La otra campaña” no se esconde, en el sentido de que la película tiene un problema conceptual: “nunca se acerca a los indígenas”. Según él, nunca se muestra “su comunalidad o los motivos de su rebeldía. Sólo exhibe su aspecto miserable y desamparado... Falta una mirada... hacia el comportamiento de los indígenas, que caen una tras otra en todas las trampas que les tienden. Sin malicia alguna, tienen sólo desconfianza y un ‘callado dolor’, muy a tono con la antigua novela indigenista.” (4) En cambio “El enemigo operará, de principio a fin, inteligente y eficazmente. Sí, un ejército de ocupación es experto en manipular, engañar, "sacar la sopa". La inteligencia militar es profesional, científica. Los soldados, impecables, lo confirman toda la película. Quizá por eso apoyó la producción el gobierno federal foxista”. Dejando de lado la insidiosa afirmación final, Bellinghausen reclama al director un “compromiso” explícito, con los guerrilleros, los indígenas y la comunidad, y no en términos genéricos, sino los muy concretos de aquí y ahora. Su dogmatismo es tal, que no acepta más ideología que la suya. Habrá otros, en cambio, que dada la intencionada opacidad de la película, lleguen a la conclusión opuesta: se trata -dirán- de una glorificación de la resistencia indígena. TODO ESTA EN LA ESTRUCTURA La clave para acceder al sentido profundo del filme, desde mi punto de vista, está en la estrategia narrativa elegida por el director para referir su historia. Se recordará que ha colocado, a manera de prólogo, la conclusión de la historia: los indígenas sometidos, torturados, seguramente masacrados por el ejército. Además, la violencia de los hechos es matizada por la irrupción de intertítulos, para evitar que los espectadores caigan en el sentimentalismo o la mera reacción emotiva, y estén advertidos de los riesgos y las consecuencias de la situación. Viene a continuación una larga secuencia sobre las actividades del trío protagónico (abuelo, `padre e hijo) en su doble vida como músicos populares y como guerrilleros encubiertos. Aquí se nos informa, desde luego de manera indirecta, de sus planes de levantamiento armado, de sus pertrechos de guerra y de la extensión regional del movimiento, asi como del arraigo popular del mismo. De regreso a la comunidad, encuentran que el ejército la ha tomado y don Plutarco, el anciano violinista se vuelve el protagonista absoluto del filme, que avanza en función de su interlocución con su nieto, su hijo y con el capitán del ejército. Así, en las charlas con su nieto don Plutarco expone su amor por la tierra, por su cultura, por sus tradiciones, explica su sentir por las injusticias sociales y muestra y trasmite su temple ante la adversidad. En comunicación con su hijo se informa sobre las acciones del movimiento guerrillero, se solidariza con su militancia y con la insurrección. Finalmente, en su relación con el capitán está el meollo del asunto, porque para don Plutarco, sin música, el mundo no tiene sentido. Sus afectos familiares están trenzados con la práctica musical, y la relación que entabla con el militar pasa también por las cuerdas de su violín. Que esto sea sí da la pauta para descubrir la esencia del filme. Evidentemente no es su propósito describir los motivos de la insurgencia popular, ni las convicciones del liderazgo guerrillero, a la manera de “a guerrilla y la esperanza: Lucio Cabañas (2005)”, de Gerardo Tort, y si de poner de manifiesto el comportamiento humano en una situación extrema. En este contexto, “El violín” está mas cerca de cintas como el clásico de Jean Renoir “La gran ilusión” (1937) o la más reciente “El pianista” (2002), de Román Polanski, en su afán de rastrear el fondo humano en el seno de los personajes mas negativos en el aspecto social. El retrato del oficial alemán en la Primera Guerra Mundial (que incorporó magistralmente Eric von Stroheim en la primer cinta), la semblanza del militar nazi conmovido por la interpretación del pianista en la segunda, o del capitán en esta que nos ocupa, con sus toques de sensibilidad y empatía entre sus antagonistas, no implican que los directores de esas cintas sean proclives al militarismo: sencillamente ponen sus miras más alto, en la insondable naturaleza humana y sus variables formas de interrelación, por encima de conflictos cuya comprensión suele escapárseles al común de las personas . Ello no quiere decir que el cineasta no deba tomar partido ante los hechos que está narrando, pero éste no es el caso. Francisco Vargas lo ha hecho explícitamente, en las declaraciones que reprodujimos al inicio de esta nota, y desde luego la película toda es muestra clara su posición solidaria con los explotados y reprimidos. Otra cosa es que de “El violín” pueda desprenderse una lectura adversa a la forma de operar de esta guerrilla, que subestima la capacidad de maniobra de un ejército, su entrenamiento para el engaño y la simulación y su al parecer inagotable crueldad. No creo que el mostrar que se ha perdido una batalla sea equivalente a `perder la guerra o, pero aún, que la consecuencia lógica sea abandonar la lucha. Por el contrario, la izquierda debe ampliar su capacidad autocrítica, reconocer y aprender de sus errores y persistir en su búsqueda de un cambio social cada vez más urgente. Lo mismo dice la película. Una vez que don Plutarco guarda por última vez su violín y dice “la música ha terminado”, el filme no lo hace, y nos muestra una conmovedora conclusión: el nieto del músico ambulante ha heredado su oficio y sus ideales, y se aleja hacia el futuro con la misma esperanza –permítanme esta asociación de cinéfilo- que Chaplin en casi todas sus películas, o el menor de los hermanos de Rocco. 1. Gregorio Martínez Moctezuma “150 años de tradición musical de los Hermanos Tavira”. En la revista virtual Azteca 21. Ver la página web http://www.azteca21.com/index.php?option=com_content&task=view&id=5267&Itemid=3 2. Cit en la página web http://www.golem.es/elviolin/index.php. ¿Se tratará acaso de “Aventuras de un violonchelo. Historia y memoria”., del maestro Carlos Prieto, virtuoso mexicano de este instrumento y a la vez erudito escritor, autor del ensayo “Cinco mil años de palabras”? 3. Francisco Vargas, en entrevista. Véase la página web mencionada. * A notar, aquí y allá, homenajes a Gabriel Figueroa, sobre todo en el tratamiento del paisaje. 4. Hermann Bellinghausen. “Notas para El violín” La Jornada, 18 de junio de 2007, p.4 a |
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